"Acoso sexual: entre el consentimiento y la denuncia": la responsabilidad que muchos prefieren no discutir.

Sí, el acoso sexual existe. Es real, grave y debe sancionarse sin titubeos. Pero decir eso no obliga a callar otra verdad incómoda: no toda interacción entre adultos puede convertirse, de la noche a la mañana, en una historia de victimización unilateral.

Hoy vemos con preocupación cómo cualquier relación que en su momento fue consentida —mensajes, coqueteos, encuentros— puede ser reescrita cuando aparecen conflictos personales, presiones familiares o simplemente conveniencia. Y en ese giro, la narrativa suele ser la misma: toda la responsabilidad recae en el hombre.

Ese enfoque no solo es injusto, es peligroso, porque borra algo fundamental: la capacidad de decisión. Las relaciones humanas no ocurren en el vacío. Hay voluntad, hay participación y hay elecciones. Pretender que una de las partes no tuvo ningún grado de intervención es negar la realidad en muchos casos.

Además, una denuncia no es un asunto menor. No es solo un trámite. Puede destruir reputaciones, afectar familias, carreras y proyectos de vida. El señalamiento social llega primero; la prueba, después… si es que llega.

Y mientras tanto, ¿quién responde por el daño cuando una historia ha sido distorsionada?

Defender el debido proceso no es estar en contra de las víctimas. Exigir pruebas no es revictimizar. Señalar la responsabilidad compartida no es justificar abusos.

Es, simplemente, pedir justicia.

A los hombres hay que decirles algo con claridad: dejen de subestimar estas situaciones. No todo coqueteo es inocente. No todo acercamiento es seguro. Hoy, más que nunca, la prudencia no es una opción: es una forma de protección.

Y a la sociedad, una reflexión urgente: creer sin cuestionar puede ser tan dañino como ignorar una denuncia real.

Si queremos justicia de verdad, tenemos que ser capaces de sostener dos ideas al mismo tiempo: que el acoso existe… y que también existen acusaciones que deben ser examinadas con el mismo rigor.

Porque cuando todo se llama acoso, nada se analiza.

Y cuando nada se analiza, la justicia deja de ser justicia.