A pocos días de defender mi tesis doctoral en un doble grado de Sociología y Ciencias Ambientales con las Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne y la Universidad de São Paulo, no puedo esconder que al mismo tiempo me inunda la alegría por este logro, y la preocupación por la situación de confrontación que experimenta Colombia.
Mis logros educativos los he debido forjar por fuera de mi país, 13 años viviendo en cuatro países Francia, Italia, Argentina y Brasil, y luego haber consolidado una carrera profesional vinculada a distintas unidades de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencias, Cultura, Comunicación e Información, me empujan a plantear mis reflexiones sobre la coyuntura de las elecciones presidenciales en Colombia.
Colombia, otra vez, se enfrentará en las urnas para delinear su destino. La división del electorado es una muestra de las profundas desigualdades en el país. Por un lado, aquellos que, consciente o inconscientemente, defienden una sociedad jerarquizada, clasista, racista, inequitativa, mafiosa y corrupta. Por otro lado, quienes buscan construir un proyecto colectivo y popular que defienda la justicia social, promueva la diversidad cultural y proteja su gran biodiversidad.
Es por ello, que me gustaría compartir algunas reflexiones, y que se pueden resumir en que actualmente Colombia se enfrenta en elegir entre el miedo, o la esperanza. Bajo esta formulación, el punto medio significa simplemente no tomar posición, y dejar que otros decidan por usted.
El miedo, producto de una estrategia de desinformación sistemática y de la participación política de medios hegemónicos para desacreditar los logros del gobierno actual. En donde los intereses económicos priman sobre los políticos, e incluso sobre principios éticos.
La esperanza en una sociedad que se democratiza y defiende la vida, la educación y la cultura. Que reconoce lo valioso de su biodiversidad, sus ecosistemas, sus fuentes hídricas, sus bosques y selvas, y que las protege como un bien sagrado, al no volver la vida mercancía, que representa lo más valioso y lo más frágil que tenemos.
El miedo que busca explotar sus recursos naturales “a lo que dé”, que regala sus riquezas a las potencias extranjeras porque no cree en su propia ciencia, ni en sus científicos, ni en su gente.
La esperanza de construir una sociedad educada, el empeño de salir adelante y de construir un mejor porvenir para sus seres queridos. Una sociedad plural que se enorgullece de la diversidad cultural y valora los conocimientos y las prácticas de todo su conjunto de pueblos étnicos.
El miedo infundado para desacreditar los esfuerzos por construir la paz. Que no es capaz de imaginar un país sin guerra, sin violencia ni narcotráfico. Que ahora propone armar a los ciudadanos, y “destripar” a todo el que piense diferente. Pensamientos que vienen de la misma estirpe de los momentos más trágicos de la humanidad: la colonización, el nazismo, o el apartheid.
La esperanza, porque la cultura, la juventud y los territorios se organizan, y crean potencialidades colectivamente. Donde los artistas son libres y soñadores, y los comunicadores independientes y críticos.
El miedo, que busca privatizar todo, que no cree en los servicios públicos, que prima el “sálvese quien pueda”, la “ley del más vivo”, donde la corrupción es norma y donde el despotismo, la arbitrariedad y los intereses de las corporaciones y empresas están por encima de la de los trabajadores.
La esperanza en una sociedad donde quepamos todos, donde las regiones no dependan del buen parecer de la capital, donde se invierta más en educación y bienestar social, donde la salud no sea un privilegio del que la pueda pagar, sino un derecho humano, como defensa de la vida, un bien fundamental.
Este domingo 21 de junio, Colombia definirá las reglas de un partido que durará al menos cuatro años, en donde se opone la vida o la muerte, la anhelada paz o la eterna guerra, el autoritarismo despótico o la democratización social, la soberanía energética, alimentaria, o la desinstitucionalización del país, entre la dolarización o la soberanía económica. En otras palabras, a condenarnos al atraso, la humillación y la represión, o a construir un verdadero estado social de derecho, democrático, pluralista, diverso y en paz.