Colombia, según el artículo 1.º de la Constitución Política, «es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista».
Esta definición constitucional adquiere particular relevancia frente a un concepto que, durante la posesión del nuevo presidente de la República, pasó quizá inadvertido para buena parte de los colombianos: la denominada «batalla cultural».
No ha sido explicada todavía con claridad, pero, por lo que implica, debería despertar el interés y la preocupación de quienes entendemos que los cambios culturales de una sociedad no son asuntos menores. Se trata de una expresión que, al parecer, acompañará al nuevo mandatario durante su gobierno, elegido democráticamente por una mayoría de colombianos.
Resulta curioso que una expresión asociada inicialmente al pensador comunista italiano Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, y retomada posteriormente por Mao Tse-Tung para impulsar la denominada Revolución Cultural China, sea ahora utilizada por un presidente colombiano identificado con la derecha política, cuando se supone que esta corriente reivindica, precisamente, valores como la tradición, la familia y la propiedad.
Gramsci sostenía que la construcción del poder en las sociedades modernas no dependía exclusivamente del control de las instituciones políticas o económicas, sino también de la capacidad de influir sobre la cultura y el lenguaje. Las palabras no son simples descripciones de la realidad: también pueden convertirse en instrumentos para interpretarla y transformarla. Cambiar el significado de conceptos como justicia, libertad, igualdad o delito puede modificar la percepción colectiva sobre aquello que una sociedad considera correcto o incorrecto.
Antes de su posesión, el presidente designó como una especie de filósofo del régimen al comunicador social, filósofo y profesor universitario Enrique Serrano López, a quien correspondería, según lo anunciado, contribuir a diseñar y poner en funcionamiento el andamiaje intelectual de esa “batalla cultural”
Pero, si se pretende modificar la cultura de una sociedad, el asunto no puede quedar circunscrito al terreno de la filosofía o de la comunicación. También tendría que involucrar al Ministerio de Educación. Y es precisamente allí donde aparecen nuevas señales. La nueva ministra de Educación, identificada con posiciones ultraconservadoras y ultra cristianas, ha planteado sacar a Marx de las aulas —donde, por cierto, nunca ha tenido la presencia que algunos pretenden atribuirle— y devolver a Dios a la educación, como si la religión hubiera desaparecido alguna vez completamente de ella.
Conviene recordar que la relación entre Estado, educación y religión tiene profundas raíces históricas en Colombia. Basta mencionar el Concordato de 1887 y la influencia que la Iglesia católica ejerció durante buena parte de nuestra historia republicana.
El discurso de posesión presidencial también trajo a colación la célebre expresión de Rafael Núñez: «Regeneración o catástrofe», utilizada en su momento como bandera política para superar el modelo constitucional de Rionegro y dar paso a la Constitución de 1886.
El paralelismo recuerda, guardadas las proporciones, el episodio protagonizado por el coronel Hugo Rafael Chávez Frías cuando, en 1999, juró como presidente de Venezuela ante la Biblia y frente a lo que calificó como una «moribunda Constitución», resultado de un sistema político asociado al llamado Pacto de Punto Fijo entre adecos y copeyanos.
¿QUÉ BATALLA CULTURAL?
La llamada batalla cultural, en la tradición de Gramsci, se relaciona con la disputa por la hegemonía cultural: es decir, por la capacidad de una determinada visión del mundo para convertirse en sentido común de una sociedad. Posteriormente, distintas corrientes intelectuales, entre ellas las vinculadas a la Escuela de Frankfurt, profundizaron el análisis de la cultura, la sociedad, la ideología y las relaciones de poder. Algunas interpretaciones críticas de estas corrientes les atribuyen haber contribuido a cuestionar valores tradicionales, referencias religiosas y concepciones convencionales de la moral y de la autoridad.
Pero aquí surge la pregunta fundamental: ¿cuál es exactamente la batalla cultural que se pretende librar en Colombia?
Hasta ahora no ha sido explicada suficientemente ni por el filósofo Enrique Serrano López ni por la ministra de Educación. El país tiene derecho a saber si se trata de una transformación de los contenidos educativos, de una modificación del lenguaje, de una redefinición de los valores sociales o de un proyecto mucho más amplio de transformación cultural.
Porque si se pretende intervenir sobre la cultura colombiana, habrá que explicar qué se quiere transformar y, sobre todo, qué cultura se pretende construir en su reemplazo.
Colombia es, precisamente, un país construido sobre la diversidad. Los estudios del profesor Orlando Fals Borda contribuyeron a comprender desde la sociología y la investigación social la complejidad de nuestras estructuras culturales y territoriales. Somos una sociedad multiétnica y diversa, y en esa diversidad se encuentran también muchos de los acuerdos básicos que permiten nuestra convivencia.
En esa batalla cultural, todavía no explicada, ¿dónde quedarán el mestizaje, los pueblos indígenas, las comunidades afrocolombianas, los raizales, los palenqueros, los mulatos, los zambos y los descendientes de sefardíes y árabes que también hacen parte de la historia de Colombia?
¿Qué ocurrirá con las diferentes formas de hablar, de celebrar, de creer, de comer, de vestir, de relacionarnos y de interpretar el mundo?
Colombia ha sido construida, en buena parte, a sangre y fuego. También por procesos migratorios, colonizaciones internas y movimientos como la colonización antioqueña, que modificaron profundamente la geografía humana y económica del país. Todo ello hace parte de nuestra memoria colectiva.
Por eso resulta legítimo preguntarse si ahora se pretende introducir una cultura determinada, modificar el lenguaje y, con ello, transformar incluso las maneras de sentir, percibir y comprender la vida cotidiana.
LA CULTURA TAMBIÉN ES PODER
La globalización del siglo XX fue, en buena medida, un fenómeno cultural. No solamente transformó las economías y los mercados; también modificó las percepciones, los deseos, las sensaciones y las emociones de millones de personas.
El consumismo penetró profundamente en las sociedades contemporáneas y se convirtió en uno de los motores de la economía global. Los medios de comunicación, la publicidad y posteriormente las nuevas tecnologías contribuyeron a crear una cultura cada vez más globalizada.
Hoy tenemos un mundo interconectado por los medios de comunicación, las redes sociales y las nuevas tecnologías.
¿Será eso lo que se pretende introducir ahora bajo el nombre de «batalla cultural»?
Según diversas aproximaciones sobre la cultura colombiana, el resultado de la mezcla de etnias produjo una extraordinaria variedad de tradiciones: música, gastronomía, arte, fiestas, lenguajes y formas de vida que conjugan herencias indígenas, africanas y españolas, además de las múltiples influencias recibidas posteriormente por la globalización.
Ese cruce de culturas no es una debilidad. Es, precisamente, una de las mayores riquezas de Colombia.
Por eso la pregunta sigue abierta: ¿se pretende acabar con todo esto?
Y, si es así, aparece una pregunta todavía más inquietante:
¿Cuál es la cultura que se quiere imponer con la llamada batalla cultural abelardista?
Mientras el Gobierno no responda con claridad, la batalla cultural seguirá siendo más un concepto político enunciado desde el poder que un proyecto cultural explicado a los colombianos.
Y en una democracia pluralista, como la que proclama nuestra Constitución, la cultura no puede ser impuesta por decreto ni construida desde el poder como si Colombia fuera una sociedad homogénea. Colombia es, precisamente, el resultado de sus diferencias.